OFF – Mundo apagado, cerrando lineas

Voy a parecer la protagonista de una película de terror, que anuncia su muerte inminente dirigiéndose a la cámara, pero la verdad es que no sé si podré terminar de escribir este post, que redacto a toda prisa acuciada por la amenaza, y todavía menos si me permitirán publicarlo en un corto plazo de tiempo. Desde hace quince días, como cada invierno, en mi casa sufrimos frecuentes cortes de electricidad. Poco importa donde resida; en la vivienda de mis padres, situada en otro barrio, y en mi anterior piso, que se ubica en una zona geográfica intermedia, sucedía exactamente lo mismo tan pronto llegaba el frío.

Sin embargo, en la última semana, coincidiendo con la severa caída de las temperaturas, los apagones se producen a diario y se prolongan durante muchas horas (mañanas enteras, tardes y noches de manera ininterrumpida, o prácticamente toda la jornada); y si regresa la luz, sólo es para volverse a ir al cabo de media hora, cuarenta y cinco minutos, y no verla de nuevo hasta el día siguiente.

Hace cinco días, pues, que estoy sin suministro eléctrico. En mi caso —es decir, en mi casa— eso significa prescindir del ordenador, la televisión y los videos porno —que substituyen las peleas de los vecinos de arriba—, las lámparas, la lavadora, el microondas, el lavaplatos, la nevera (todos los congelados para tirar)…; pero también supone quedarse sin cocina, sin horno, sin calentador de agua, sin estufas… Por tanto, desde hace cinco laaaargos y helados días me veo obligada a ingerir alimentos fríos —para disfrutar de un plato caliente, o al menos de una bebida para entrar en calor, he de bajar al bar o a un restaurante, y mi bolsillo tampoco está para hacerlo tres veces al día—, no dispongo de agua caliente, a este paso se va a acabar la ropa limpia, y, lo peor, estoy atravesando la ola de frío sin una triste estufa o calefactor —con la gracia, además, han fallecido tres bombillas y el microondas ha quedado tan castigado que, cuando podría encenderlo, ya no calienta; esperemos que los ordenadores no corran idéntico destino—.

El panorama no podría ser más dickensiano, sobreviviendo a la llama de una vela, a base de bocadillos y latas, y ti-ti-tiritando literalmente de frío debajo de una manta que poco ayuda cuando llevas varios días destemplado —no me extraña que a Poe le diera por escribir cuentos de miedo en unas circunstancias similares; los raros eran los otros…—.

Por supuesto, tampoco puedo trabajar, puesto que las herramientas que empleo no funcionan a pilas (ni editor de páginas web, ni Photoshop, ni navegador, ni correo electrónico…), y sólo soy capaz de adelantar una mínima parte de la faena, la que afecta a porno mexicano mis textos, escribiendo a mano, pegada al tenue y oscilante fulgor de una vela, con los dedos tiesos y dejándome la vista —a veces tengo que calentarme las manos, para seguir, debajo de las orejas de mi perra o en mi propia entrepierna; no hay nada como el calor animal—.

Para los que no estén familiarizados con la vida cotidiana en la moderna, próspera y civilizada Barcelona, aclararles que esta situación no es que sea normal, que lo es, es que ya se ha convertido en una tradición. De hecho, van a cambiar el célebre refrán por “Barcelona és bona si la llum sona”.

La [espacio gratuito para insultos, blasfemias e improperios] compañía eléctrica no prevé un incremento de producción para hacer frente a un mayor consumo (más frío = más estufas; menos luz natural = más luz artificial; con lo fácil que resulta deducirlo), y, en cambio, proceden a dejar media ciudad a oscuras, y gélida como un tanatorio, como solución.

Cuando llamas a su teléfono de reclamaciones —las líneas se encuentran casi siempre colapsadas—, encima creen que te pueden tomar el pelo todavía más, y tienen la desfachatez de decirte que se trata de una avería o recurren al socorrido eufemismo de “afectación”, siendo obvio que nada se ha estropeado, sino que es la misma forma de operar de cada invierno: si el consumo supera el límite establecido —idéntico sea primavera, verano u otoño—, “cierran el grifo”. Menos mal que aquí no nieva y que las temperaturas nunca descienden de cero grados, apenas si los rozan, porque entonces, con toda probabilidad, ya me habría quedado congelada al aventurarme a despojarme de un poco de ropa para orinar.

Llamo a mis padres, en el Eixample, y también están sin luz. La respuesta de un amigo en Gràcia es exactamente la misma. En mi barrio, la mitad de edificios y comercios disponen de electricidad y la otra mitad, no —yo siempre pertenezco al segundo grupo, no se vaya a decir que mi acostumbrada mala suerte se ha tomado un descanso, y más ahora que preciso del ordenador para ganarme la vida—. Pero, curiosamente, los medios de comunicación no se han hecho eco de esta coyuntura precaria e irrisoria que está perjudicando a miles de personas, al menos en las pocas ocasiones en las que he tenido oportunidad de acceder a ellos (dos telediarios, un informativo en la radio y un par de diarios online). Eso sí, nos recuerdan que usemos con generosidad la ropa de abrigo y las estufas para combatir el peligro de hipotermia.

Claro que, si este regreso a la era de las cavernas que estoy padeciendo a lo largo de la última semana resulta vergonzoso, hay gente que, en esta avanzada Barcelona, todavía lo está pasando peor que yo.

Me apresuro a publicar esta líneas antes de aprovechar mejor el tiempo en el trabajo atrasado, ya que mientras las escribía, me ha tocado superar otro nuevo apagón y esperar tres horas (ahora son más de las seis y media) para recuperarlo. Y como siga la tónica del jueves y el viernes (un corte de ocho y diez horas casi continuado), la próxima luz que vea será la del sol, mañana.